Un cuento de jaulas, arrechera, tristeza y libertad.

Comparto este escrito que monté en Facebook por allá en el 2016.

En mi casa había cinco jaulas. En la primera, que era pequeña, había dos Canarios; uno macho “español” de esos de plumaje amarillo que cantaba todas las mañanas y una hembra que, según decían, era un canario de tejado, su plumaje era verde oscuro con pecho amarillo. En la segunda, unos cuantos Picos de Plata: grises, con el pico anaranjado y, quizás, con el canto más bonito de todas las aves, incluso más que el de los canarios; yo los había cazado en la casa de un primo con una trampa jaula tremendamente efectiva de cinco compartimientos; yo ponía el pitador (un pajarito que cantara para llamar a los otros) en el compartimiento central y alpiste en los otros cuatro, los picos de plata se acercaban, iban por el alpiste, pisaban la trampa y ¡listo!, mascota nueva.

En la tercera, tenía unos Capuchinos de plumaje marrón, pecho blanco y una capucha negra, de ahí su nombre, eran increíblemente inquietos, no cantaban, solo volaban de un lado al otro, los compré en el mercado de Quinta Crespo, mi papá me llevó. En la cuarta, la más grande, tenía una vecindad de pericos australianos, de muchos los colores, bulleros como nadie más, se reproducían indiscriminadamente. La quinta jaula estaba vacía, no tenía suerte con ella. Una vez cacé un cucarachero, lo enjaulé y durante dos días les colocaba arañas, bachacos e, incluso, algunos gusanos para que comiera; no comió, murió al segundo día de cautiverio, nunca estuvo de buen humor, en serio.

Entre mi tía Rita y yo cuidábamos “al pueblo”. Cada día, a primera hora de la mañana, les colocábamos alpiste, buen alpiste comprado cada en el mercado municipal de Charallave; cambiábamos el agua de los bebederos y, finalmente, lavábamos los latones que fungían de sistema de cañería de las jaulas para que sus desperdicios no cayeran en el piso del patio. También les colocábamos alpiste con vitaminas, esto era de forma casi personalizada: a los canarios y picos de plata con vitaminas para mejorar su canto y a los pericos australianos con vitaminas para la reproducción; a los capuchinos no les poníamos vitaminas porque lo que hacían era volar dentro de la jaula de un lado a otro, no tenían mayor gracia. En los días en los que nos sentíamos más benevolentes les poníamos masa de arepa (sí, en la cuarta podíamos hacer eso) que les encantaba, prácticamente, hacían cola para comer, no como las colas de ahora en los supermercados, éstas eran un poco más organizadas y si alguno se coleaba era repelido por la mayoría, éste no podía hacer amenazas, ni mostrar carnet del partido, ni para el tráfico para que pasara la camioneta del jefe; ellos sí eran iguales en el marco de su propia ley.

Una vez se escapó uno de los picos de plata, el más viejo, fue sencillo capturarlo nuevamente, simplemente no pudo volar, así que lo aprehendí debajo del Ford Maverick 1977 azul de mi papá. Durante la noche los tapábamos con un mantel para que no les molestara la luz. Éramos como los administradores de un gran hotel cinco estrellas, teníamos nuestra propia Misión Vivienda que consistía en cajas de madera construidas por este servidor, éstas contaban con un hueco lo suficientemente grande para que entrara la hembra a empollar y un palo de gancho clavado justo en la entrada para que el macho se posara ahí y se asomara a vigilar a tu pareja sin hacer mayor esfuerzo; hasta ese momento el único cliente insatisfecho fue el cucharachero arrechón que se había muerto de rabia, como decía mi tía; lo tenía todo y no lo aprovechó; prefirió morir, allá él.

Esa era la diversión antes, nada de Wifi, iPhone o Twitter para entretenernos; puros chamos en bicicleta, jugando tazos, fuchi o, como nosotros, cazando pajaritos en La Magdalena. Y entonces sucedió: cazamos un colibrí, ¿saben lo difícil que es cazarlos?.. Ni les cuento, bueno, lo atrapamos, lo metimos en la jaula vacía y yo, sabiendo de su gusto por el néctar le coloqué dentro de esta una mata de flores rojas que mi tía cuidaba como a mí; el colibrí murió al día siguiente, había pasado toda la tarde del día anterior sin moverse, parado en el columpio del centro de la jaula, no comió, ni bebió agua, nada. Mi tía me dijo que esta vez no fue de rabia sino de tristeza – los colibrí no pueden estar en cautiverio – completó.

Entonces entendí al cucarachero; la rabia fue su protesta. Ambos se sumieron en una huelga de hambre protestando en mi contra. Yo, con mis buenas intenciones, les había quitado su libertad, los alejé tanto de ella que algunos al recuperarla ni siquiera pudieron ejercerla. Los castré y volví aburrida su vida: agua, comida, limpieza y seguridad garantizada (había un gato negro sanguinario que paseaba por los tejados de la casa, especialmente por el que cubría las jaulas), día tras día, en el mismo sitio, sin conocer algún lugar nuevo, sin conocer a alguien nuevo, sin comer mangos en mayo, ni tatuarle (temporalmente) la cabeza a alguien y hacer reír a los humanos por la mentada de madre que ese alguien echaría, claro, opacada luego por la voz esperanzada de otra persona que, rápidamente, replicaría “eso es buena suerte, juégate el 53”.

En fin, me di cuenta de que no estaba bien lo que hacía. Ese día los solté. Esperé que todos subieran a la mata de limón mientras se iban yendo. Se fueron, perdieron la comida diaria, el agua y nuestra protección, ahora ellos tenían que ingeniárselas; cuidarse solos, buscar su alimento y agua o morir si no lo lograban. Quizás murieron ese mismo día, quizás se fueron a Brasil como los guácharos, no sé; pero, apostaría todo lo que tengo a que si solo vivieron un día después de eso lo disfrutaron más que muchos meses en las jaulas… Creo que, sin saberlo, hasta ese día fui socialista.



P.D.: Luego les contaré acerca de Lola, una coneja negra que compré en la Colonia Tovar, a quien también hospedé en esa jaula vacía y que escapó misteriosamente mientras me encontraba de viaje por Isnotú, Estado Trujillo. Por suerte, mi tío Nene Pérez, Dios lo tenga en su gloria, para levantarme el ánimo preparó un jugoso estofado cuyo sabor aun atesoro entre mis mejores recuerdos culinarios.

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